Noviecillos

El primer novio que tuve en la universidad, automáticamente, desde la primera noche en que fuimos pareja, quiso dormir conmigo en mi ajustada y estrecha litera. Yo me alarmé, aunque ya había escuchado algún que otro cuento. Al albergue más grande de hembras de la UCLV, que llamaban 900 por la cantidad de becarias que podía contener, en realidad lo sobre nombraban el 1800. Pero para una muchachita de 18 años, que hasta ese momento había vivido el régimen del preuniversitario o una vida familiar vigilada, era un tanto difícil acostumbrarse a eso. Y lo más arduo no era habituarse y ya, dormir por primera vez todas las noches de la semana con el novio que fuere, sino hacerlo en medio de un cuarto donde todas las camas estaban a menos de medio metro de distancia y no existía ningún tipo de separación entre ellas a no ser las taquillas que se distribuían para lograr algo de intimidad, o las sábanas que las chicas que dormían abajo podían colocar encerrándose en una aparente soledad. 

Con el tiempo uno descubre que todo aquello era sórdido. Puede que exista una fémina que no se haya acostado con nadie durante el tiempo universitario, pero son las menos. Tampoco estoy diciendo que es algo condenable, ni me estoy refiriendo a otros muchos ejemplos que también existen de ruinosa promiscuidad durante este tiempo; hablo de novios que duraban al menos 1 año o menos, pero que al principio la cosa parecía ir en serio. Aun así, todo aquello era indecente y a veces no sé, la verdad, por qué todas lo hicimos.

Es cierto que el silencio de la madrugada universitaria era casi nulo, pero créanme que en medio del sueño más profundo, cualquiera podía oír “cosas”, cualquiera podía sentir “cosas moviéndose”. Era muy gracioso cuando amanecía, los varones se escabullían con sus caras soñolientas, algunos iban con un libro o una colcha bajo el brazo, para asearse en sus cuartos e ir a las aulas. En casos opuestos también estaban las hembras que salían de los albergues de los varones, mucho más incómodos; algunas veían aquello como una victoria, ser vistas a las 6:00 a.m. abandonando un U3 era para muchas gratificante.

Los U eran edificios oscuros. De noche, algunos bombillos permitían ver con intermitencias. Las escaleras eran sucias, igual, el color de todas las paredes. Un baño colectivo para todo un piso de varones no podía provocar sino asco. Siempre había mucha peste. Y si entrabas a uno de esos edificios a la hora en que llegaba el agua podías ver un modelaje de cuerpos en toallas, porque no había quien se atreviera a llevar una sola ropa hasta allí, por temor a todo. Los cuartos de los U de frente al comedor de la Universidad Central eran estrechísimos. Dormían allí 4 varones que apenas tenían espacio para estornudar. El de arriba en la litera llega al techo y el de abajo tenía el pecado de la vista. Para respirar habían unas pequeñas ventanas en la pared que nunca fueron suficientes.

Hubo quienes durante los cinco años siempre tuvieron compañía en las noches e hicieron malabares para dormir placenteramente en aquel colchón personalísimo; y otras que vivimos de intermitencias. Era muy común ese tipo de convivencia y por mucho que luchaban algunos siempre se terminaba cediendo. Recuerdo a 2 muchachones súper religiosos, que tenían novias que desde la infancia compartían sus mismas creencias y que luego acabaron con Troya cuando llegaron a la Universidad. Los ejemplos son mucho más grandes que el alcance de mis conocimientos sobre ellos. También existía la tendencia a que eran los pocos los que deseaban tener relaciones serias y duraderas. Todo aquel ambiente propiciaba cierto desorden, y ciertas ganas de estar en libertad para hacer cuanto se te antojara sin ningún tipo de responsabilidad y sin tener que rendir cuantas. Eso, se sigue y seguirá repitiendo en cada generación que se beque en una Universidad.

Y por supuesto que siempre hubo accidentes. Varones que entraron a los cuartos cuando alguna muchachita que no era la suya, se estaba cambiando de ropa o saliendo del baño. Y hasta a eso tuvimos que acostumbrarnos. 

El primer novio que tuve en la universidad quiso dormir conmigo; los demás también. A los novios de todas mis amigas del cuarto, cada una, lo conoció mucho mejor de lo que hubiera resultado si no hubiésemos compartido tanta intimidad.

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