Otras intermitencias de la muerte


En la sala de Urgencias hay una puerta blanca con un candado. Es pequeña. Imperceptible. Si se abre, significa que has muerto. Detrás de ella un pasillo techado conduce a una calle y luego a otro pasillo techado que termina en una pequeña rampa. La morgue está al final del hospital para que nadie advierta ese ir y venir de camillas. En la puerta de la sala de Anatomía patológica hay un timbre, grande. Los ventiladores de una consola giran rápido. Imagino que dentro hace mucho frío. Es un cuarto mediano, todo sellado por fuera. Un señor me abre la puerta, yo le pregunto y me responde: “sí, aún la morgue está tupida, abro una llave y todo se me inunda”.

Amablemente, el mismo señor, me regresa al interior del “Gustavo Aldereguía”, donde yo estuve extraviada, investigando. Nos dirigimos a la oficina de la persona capacitada para dar algún tipo de explicación sobre el problema. De manera casual, en el momento que yo llegué a la sala de Necro, había pasado una inspección del CPHEM y había inhabilitado el servicio. Por lo que supuse, el asunto era algo muy serio.


El jueves 6 de octubre, sobre las ocho de la noche se recibió en el periódico un sms de un paciente. Este encendió el bombillo de alarma, pues revelaba que a su abuela, fallecida, no le podían hacer la necro porque había tupición en la sala.

Rolando, el autor del sms, nos dice que el propio jueves, en un inicio, no le iban a realizar la necropsia a su abuela. Una petición familiar logró que bajo la responsabilidad de los parientes y la del técnico de guardia se hiciera el procedimiento aún cuando las condiciones no eran las mejores, según cuenta. La certeza de esta historia está tan oscura como la propia muerte.

La sala de Anatomía Patológica es fundamental en un centro asistencial como el “Gustavo Aldereguía”. Que pueden ocurrir obstáculos como una tupición, es lógico. Lo ideal sería solucionar velozmente el problema para no maximizar la pena de un familiar, que ya es terrible en sí misma.

El silencio de la morgue es uno distinto. Una camilla de metal está justo frente a la puerta, vacía. El tiempo que pasó desde que toqué el timbre y el señor abrió, fue abismal, asustadizo y solitario. Todos vamos a llegar solos al encuentro con la muerte. Eso, desde la vida, paraliza.



NOTA: Este trabajo no lo publiqué tal y como era originalmente, pues el problema se resolvió y ya no había un móvil, pero no me quise quedar con este texto guardado en la memoria. Lo he modificado un poco.

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