De cuando me enamoré por primera vez

Nunca me iba a imaginar nada, dice Rebeca que sí, que estaba más claro que el agua. Pero yo nunca podría pensar que si Pablito se sacaba los mocos y me los pegaba en la libreta, era amor. Tampoco que me garabateara la mochila y me halara los pelos a la hora de la merienda en señal de enamoramiento. En realidad: yo odiaba a Pablito.

Un día se atrevió a tirarme una rana encima, y corrí tanto, pero tanto, que ni mis pies, ni mi mente, me dejaron interpretar aquellos gestos tan desagradables como una prueba sincera de amor. En realidad: yo huía de Pablito.

Pablito era el niño más raro de la clase, con unos espejuelos tan grandes que lo hacían parecer un búho, y si miraba por encima de ellos te daba un susto de muerte. Era un niño escuálido, blanquito como la leche y con un lunar en la mejilla que era su única atracción. Tenía el pelo como la calabacita y era pequeño como un enanito de Blancanieves.


Un día todo empezó a cambiar, dice Rebeca que ella lo sabía, que eso de enamorarse era como una enfermedad y que cuando llegaba arrasaba con todo. No sé si eso tendría algo que ver con los dolores insoportables de estómago que tenía cada vez que lo veía aparecer por la puerta del aula; o con los pocos deseos de comer que me hicieron adelgazar dos libras.

Pero cuando en realidad me di cuenta de que en efecto, estaba enferma, fue cuando volví a sorprender a Pablito con el dedo hasta lo último de la nariz y me encantó esa forma mágica en cómo buscaba el mejor de sus ejemplares para pegarlos en mi libreta. Después la enfermedad pasó a ser locura. Llegué incluso a darle la mochila para que la garabateara, y en el receso me sentaba lo más cerca posible de él, con los moños al aire, para que pudiera halarlos a su antojo.

Las matemáticas nunca fueron mi fuerte, pero luego de pasar toda la clase mirando el movimiento del pelo de Pablito, lo fueron menos. No entendía ni papa, y las pruebas eran terribles trabalenguas que nunca llegué a descifrar. Aquello no me podía estar pasando: de odiar a Pablito pasé a amarlo, y con una desesperación de las que solo se ve en las películas. Ya no quería ni regresar a casa en las tardes, y me pusieron de castigo montones de veces porque mis notas no levantaban. Mi vida se convirtió en un desastre, y ni en sueños me sacaba a Pablito de la mente. Entonces fue cuando supe que me había enamorado.

Pero Pablito jamás se acercó para decirme algo, a no ser para pegar más mocos en mis libretas. Nunca se atrevió a besarme en la mejilla, a tomarme de la mano, o a pedirme que fuera su novia. Y yo terriblemente enamorada.

Dice Rebeca que eso también pasa, eso de los amores no correspondidos, y que, al parecer, Pablito se había enamorado de otra pues lo había visto pegar mocos en la libreta de Juanita; y que ahora debía sufrir un poco, llorar en las noches hasta que todo pasara. Los consejos de Rebeca nunca me han ayudado, pero creo que ahora lo harían menos. Ya Pablito no quiere halarme el pelo ni tirarme ranas encima… y ahora, en realidad: yo estoy terriblemente enamorada por primera vez en mi vida.

Comentarios

  1. Ay Meli, me recordaste a mi primer amor de secundaria jajajaja fue justamente así, lo odiaba tanto y sin embargo dormía con una foto de él bajo mi almohada. Que lindos recuerdos!!!

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    1. Que bueno, Janny!!! me alegra mucho. Gracias por comentar.

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  2. Y as mi el mío, que me ecupía en una libreta con tapas de cuero!!!,
    Maga

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    1. jajajajajja, los niños son lo máximo. Yo paso horas mirando al mío, que nunca deja de sorprenderme.
      beso

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