MS T.


A las diez de la mañana, hora en que sonaba el timbre escolar, todos nos parábamos al unísono y metíamos la mano en la jaba de la merienda. Partíamos el pan a la mitad. En fila, cada alumno, colocaba el pedazo encima del buró de la maestra y vertía un poco de refresco en su vaso gigantesco que hacía de centro de mesa. Los colores se mezclaban en el fondo, la naranja con el limón, la cola con la guayaba y después con la piña. La maestra, nombrada Ms T., tomaba al vaso, le daba algunas vueltas y engullía todo como si fuese una gran jirafa en una pradera africana. Todos mirábamos impresionados, pero nunca nos atrevimos a cuestionar, ni siquiera a preguntarnos por qué habíamos hecho de aquello una costumbre.

  Ms T. era una mujer negra y desgarbada. Nos parecía que podía estirarse desde su buró y dar un pescozón a cualquiera que estuviese al fondo del aula. Y con ese miedo convivimos dos años. Si algo aprendí fue a no sorprenderme por la estridente conducta de un profe y más en el fondo, después, a no aceptar disposiciones tiránicas. Por lo pronto, temblábamos en el aula. Ms T. era chillona y le encantaba gesticular para que nuestras cabezas huecas entendieran de qué iba la Historia y el Español. Si la estructura de una oración era un poco difícil de asimilar por un estudiante, ella se encargaba de meterle la cabeza contra la mesa para que su mente se despejara un poco.


Es imposible olvidar las lecciones de nuestras gloriosas guerras independentistas. Cuando el 12 de octubre de 1868 estos comemierdas entraron gritando ¡viva Cuba libre! y les cayeron a tiros; o cuando, en medio de alguna explicación sobre la invasión de oriente a occidente, Ms T., acalorada por nuestros rostros, se metió la mano dentro de la blusa zafándose el ajustador, y sacándolo y dándole varias vueltas en el aire, en señal de algo que en aquel entonces no entendimos; eso nos hizo sentir un asco inacabable.

  Ms T. se subía encima del buró cuando algún alumno no memorizaba lo que ella deseaba; esa imagen de hembra superior, creía ella, nos haría razonar. Pero siempre hubo quien no entendió. Por eso un día, acalorada nuevamente, cogió por los pelos a una niña y la hizo dar vueltas en círculos mientras le azotaba el moño cada vez con más fuerza. Y otra, hizo a J. C. hacer cuantas cuclillas le fuera posible a un niño de 10 años. Y otra, arremetió con una regla, bien duro, contra cualquier signo de ignorancia. Y otra, enfermó de los nervios a una rubiecilla que no aguantó y tuvo que cambiarse de escuela.

  En mi quinto grado enfermé. Aún no sé si debo culpar a Ms T. por ello, aunque pudiera ser. Una parálisis facial en el lado izquierdo me hizo apartarme de la escuela por varios meses. Recibí muchos pinchazos, me realizaron estudios para concluir que aquello se debió a un cambio fuerte de temperatura o al estrés; otra vez Ms T.

Cuando al fin acabaron las clases ninguno de nosotros volvimos a recordar a la maestra indecente. En el nivel siguiente de enseñanza una calcografía igual, o peor, a Ms T.: Ms I, fue un suplicio mucho mayor.

Los niños deberían aprender reflejos incondicionados que le permitan lidiar con hidras de mil cabezas.

Ms T. era tan solo un personaje de advertencia, la verdadera fiera está siempre al asecho.





Comentarios

  1. Waooo Meli, no eres la única que tuvo algún monstruo de maestra, ya ni recuerdo cuántas fueron lo que nunca les tuve miedo; pero ignoro si esas etapas nos cambiaron para siempre, si destruyeron algo dentro que siempre necesitó estar intacto.

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    1. Gracias Yadiris, por llegar hasta aquí. Así es, yo creo que sí cambiaron. Quizá para bien, algo aprendimos en ese torturador proceso.
      Beso.

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