Una enorme boca que ríe


La vieja no duerme, la cama le hinca la espalda como una danza aguda y tormentosa lo hace sobre el tablón del teatro. Mira el techo, la vieja siempre lo mira. Va dibujando muñequitos ridículos que saltan el resto de la noche por encima de las otras camas que duermen. Ha pensado cientos de veces en saltar, la ventana queda cerca, pero la caída sería demasiado para sus frágiles huesos. La vieja rota, la cara contra el cemento de la acera. Las sábanas apestan. La vieja trata de no revolcarse demasiado pero tiene que moverse de la esquina donde ha orinado. Tiene hambre, la vieja siempre lo tiene, es una de las desventajas del insomnio, ya se lo dije, pero ella solo puede mirar la ventana con los ojos como ciruelas. ¿Para qué visitarla con frecuencia?, me enferma su cara enferma y da lástima verle el espinazo y los huesos que se salen desorbitados por encima de la ropa. La vieja ya está vieja; pero ella fue la de la genial idea, quién sabe, ¿hubiéramos soportado?

  Ha pasado algún tiempo desde que la vieja está allí, no sé, diez años. Ella está peor con los años. Es la comida que te perfora las tripas como ácido y las enreda y tú lloras y le dices a la seño que no seño no es nada, pero sí lo es, es algo que le echan a la comida, pero como tú eres la vieja, y no duermes. Tú quisiste estar aquí y resistir. En la vida todo se trata de resistir. Tú, en realidad, no quieres estar aquí, nadie cuerdo puede desearlo, nadie cuerdo quiere soportar a viejos lelos que solo hablan de la bondad del gobierno por construir un hogar y nombrarlo “Viejitos al trote”. Tú has pensado en saltar, pero de alguna manera absurda la ventana no es más que una enorme boca que ríe.



  Los médicos dijeron que le recordáramos el pasado, pero la vieja no entiende. La vieja no entiende ni carajo y piensa que uno es el desgraciado. Cuando se muera, no habrá diferencia. Los nietos no la conocen. Yo casi no la conozco. Ella no se conoce. En casa de verdad que vivimos más cómodos. Los niños no tienen que dormir en una funda sobre el piso. Nosotros podemos resistir la frialdad continúa del suelo. Es solo que la vieja no duerme y a mí me invaden las malditas imágenes a la cabeza. Los niños crecen. La vieja se muere. Nosotros soñamos, inevitablemente, con la misma cama que hinca. El espacio en casa debe mantenerse inalterable.

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