Becetos para vender piedras en un cementerio judío


 Él:
  Alza la mano cuando ve una sombra y la piedra se eleva confundiéndose con los tonos de la superficie. Vende con frecuencia. El morral que infla cerca del río se descompone en una tela vieja y redoblada al final del día. Cuando el sol es débil se atreve a sobrepasar las puertas y encuentra un lugar tranquilo para redactar lo que debió. Aún es hábil, pero se aburre demasiado rápido. La situación no ha cambiado y escribir sobre los problemas que nadie resuelve continúa siendo un tedio. Mira las tumbas hinchadas por el agua de las flores y lee inscripciones e imagina buenas historias que ningún diario en este país le publicaría, pero le encanta hacerlo y coloca en una lápida alguna piedra que todavía le pesa en la jaba. Guarda los papeles cuando las ideas comienzan a ser vagas e inconsistentes. La mochila vacía se balancea en el aire. Se aleja del cementerio sin prisa y repite algún rezo judío que escuchó cerca de él, de los nichos.

  Yo:
  Alzo la mano. Tengo el precio escrito en un papelito junto a la mochila hinchada que cargué desde el río. No me gusta hablar. No me gusta que escuchen mi voz gastada y es más fácil vender haciendo gestos. Enseño las piedras y señalo el cartelito. La gente compra regularmente. Quizá no lo hubiera creído antes, cuando me propusieron este negocio. Al principio me pareció irrisorio, pero ya me acostumbré al silencio de las tumbas y a las caras circunspectas de los rezos judíos. Ya no escribo, aunque imagino con respeto la historia de toda gente enterrada en este lugar y si me sobra alguna piedra la coloco sin pensar en un nicho. En las tardes voy a casa, por el camino compro viandas o la carne que pueda. Leo el periódico y aún me doy cuenta de las cosas que están escritas con esfuerzos.

  Tú:
  La mano se te cansa de alzarla cada cinco minutos, pero haces el sacrificio cada puto día. Antes no era mejor. Sentado en un buró, esperando que otros planificaran la agenda de la semana y te mandaran a cubrir algún acto de cumplimiento de algún plan de alguna empresa de algún municipio. Pero qué, te pagaban al final del mes mientras más inflaras aquella plana sin color, mientras más escribieras sobre efemérides y banderas y zafras aunque hubiera pérdida de azúcar y las casas de tu barrio se estuvieran derrumbando y los hospitales estuvieran sucios y la comida se te escurriera en casa por falta de capital. Tu compromiso moral se deshizo con velocidad sorprendente. Y a bajar la cabeza cuando criticaban a la prensa y a hacerse el de la vista gorda y a reclamar en silencio las demandas que sabías de antemano nadie cumpliría y a escribir enrevesado y usar palabritas suaves que no trasgredieran demasiado la sensibilidad de los rectores. Ahora usas la mano, pero diferente, y ganas un poquito más y escribes sobre lo que quieras y cuando tengas deseos y publicas a veces poemitas de crítica social en las revistas de la ciudad. La gente es rara, pero tú pones cara decente y te deshaces de todas las piedras al final del día y cargas la mochila después, junto al río, y pesa.

  Ellos:
  Nosotros vivimos un poco más cómodos desde que él se fue a vender piedras. Nos alcanza el dinero para las viandas y la ropa del niño y no se escuchan lamentos en la casa sobre oficios frustrados. Ya logramos impermeabilizar el techo y hasta compramos un televisorcito para cada cuarto, con su video y todo. Pintamos la casa de verde y colocamos el tanque sin que se nos trocaran las llaves de paso y cambiamos las puertas y botamos los muebles que tenían comején y al fin compramos los sillones y pudimos darnos el lujo de ir a un hotelito en las vacaciones. Al niño no le falta nada y nosotros no tenemos que cohibirnos con nuestros gustos. A veces extrañamos que algún vecino nos llame para que él escriba su historia en el periódico. La mano le duele de alzarla todo el día y nosotros lo ayudamos cuando llega a casa dándole masajes y calentándole al agua para el baño.

  Él:
Alzó la mano cuando tuvo que hacerlo y pidió la baja ante el asombro de todos los compañeros de buró. El más destacado sindicalista, el líder de las reuniones, el de las ideas que revolucionaron el área y el que no se cayó frente a ningún dirigente. Lo hizo como si él mismo se inmolara dentro de los seis millones de judíos asesinados durante el Holocausto. Los compañeros de trabajo intentaron retenerlo con promesas como abismos. Señalaron la posibilidad de un cambio, le pidieron paciencia y confianza y juntaron sus manos en la puerta de la oficina para que no abandonara. Varios días fueron en su busca infructuosamente. Hicieron reuniones extraordinarias para analizar el caso y evitar que le colocaran una sanción aún cuando era baja inminente. Callaron la notica y no la publicaron como castigo. Sus materiales de trabajo fueron escondidos, para que nadie se contagiara y colocaron su computadora vieja en cuarentena por si algún virus la había atacado.
Él no dudó. Airoso abandonó todo cuanto lo había torturado, aunque eso significó la expulsión de la militancia y el desentendimiento con sus antiguos compinches de coberturas. En la puerta de su casa le colocaron un cartel días más tarde que decía «traidor», pero él dibujó encima: piedras y piedras y nombres de judíos relevantes. La última vez que escuchó sobre su antiguo trabajo, supo que estaban valorando la posibilidad de quemar aquellos ejemplares donde estuviera su firma, sin temer por la incineración del patrimonio informacional de la ciudad.

  Yo:
  Alcé la mano y solté una carcajada y todos pensaron que era un chiste. Nunca antes nadie había abandonado y el hecho significaba una ofensa terrible a nuestro sistema. Miré la cara de cada uno y vi cómo, de maneras muy simpáticas, a uno le saltaron los ojos, otros abrieron la boca al extremo mientras se llevaron las manos a la cabeza y la giraban en señal de desaprobación. La locura fue total y yo riéndome y salí feliz de aquel lugar por primera vez en años.
  Aprendí mucho de los judíos y compartí sus dolores y descubrí qué piedras preferían y para qué fechas eran las adecuadas. Ellos nunca dejaron de pagarme, aunque pasado algún tiempo entendí que mi plan pudo ser el más falaz del universo. El brazo me dolía con frecuencia, pero al menos no pesaba esa agonía de la escritura fantasma. Me convertí a su religión a los diez años de estar sentado en las afueras del cementerio y llevé sombrerito en medio de la cabeza sin pelos que me recordaba con frecuencia a mi padre ausente.
  El niño creció rápido y sin entender mi oficio. Nada le faltó. Con los periódicos que quedaron en la ciudad después de la quema fundaron un museo de fondos raros donde mi nombre no aparece. El cartel de la puerta se cayó hace algún tiempo.

  Tú:
  Te fuiste a vender piedras. Nada se rompió y estabas observando cuando todos esos locos se quedaron sin empleo por la intervención de los mass media internacionales. Te salvaste. Nada sobrevivió salvo las piedras que colocaban luego de que tú alzaras la mano una y otra vez.

  Ellos:
  Nosotros nos marchamos de la ciudad después, cuando ya no tenía sentido la sublevación que él armó. El niño se quedó. Nadie recuerda al rebelde de su padre marchándose de la redacción del periódico ni el cartel ridículo que nos pusieron en la puerta. Hicimos un cuartico en una colina y al río nos vamos a bañar en las tardes, pero ya no recogemos las piedras. Estamos solos. Ya nadie nos persigue. El dolor en el brazo desapareció y podemos caminar sin dificultad cuando regresamos de visita a la ciudad.  El dinero nos dio para un retiro decente.

  Él:
  Venderá las piedras y alzará las manos a las puertas del cementerio que se le abrirá ante los ojos como un pez que se traga el anzuelo.

  Yo:
Alzaré las manos para alimentar a mi hijo y mandaré a la mierda las letras que escribí con amargura sobre la mano.

  Tú:
  El día que alzarás las manos con las piedras en las palmas ya no podrás determinar si el futuro es de concreto o si se humedece con la muerte de los nichos.

  Ellos:
  Nosotros viviremos de las piedras del río mucho más tiempo que del periódico del pueblo.

Comentarios

  1. Una excelente reflexión Meli, aunque es triste la renuncia y la resignación.Pero a veces no queda otro camino

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  2. Gracias Robe, por caminos inciertos también se llega, cree eso siempre. Quizás el anterior no era tu camino. Renunciar quizás sea ganar.
    Beso

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  3. Meli yo tengo un poco de todos, más de Tú, y no quiero terminar como ellos, aunque ya me voy acostumbrando a Yo. No sé, no sé como voy a terminar vendiendo piedras. Gracias

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    1. Glendilla, no veas las piedras como un obstáculo, si no como una solución.
      beso.

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  4. Genial, Melissa. Y tienes razón, renunciar, perder, es a veces ganar.

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    1. Gracias Yudith por ser lectora de estos golpes. Así es, ojalá siempre supiéramos perder con facilidad.
      Beso.

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  5. Yo creo que soy todos a la vez, y no sé ni vender piedras, soy de otra generación, y tengo no uno sino dos "niños", tendrás alguna sugerencia para mi Meli?, ya me he marchado tantas veces, me han puesto carteles y hasta intentado sancionarme, pero yo ahí, firme.Definitivamente en la Literatura está tu camino, abrir editoriales no figura entre los oficios por cuenta propia?, me gustaría

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    1. Querida Renata: ojalá pudiera escaparme para alguna editorial o negocio semejante, sería un sueño, pero tantos torbellinos envuelven las editoriales aquí y el negocio de los libros y la cultura no está valorado con en su justa medida...
      Sugerencia: nunca te canses, el éxito es de quien lo trabaja, los reveses son apenas el motivo para seguir, sobre todo por los nenes.
      Beso grande.

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  6. no exagero, pero desde Sisifo, no me habìan gustado tanto las piedras...

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    1. Querido Edu: gracias inmensas. tengo un poema que menciona a Sisifo, luego lo comparto. Saludos.

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