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Noviecillos

El primer novio que tuve en la universidad, automáticamente, desde la primera noche en que fuimos pareja, quiso dormir conmigo en mi ajustada y estrecha litera. Yo me alarmé, aunque ya había escuchado algún que otro cuento. Al albergue más grande de hembras de la UCLV, que llamaban 900 por la cantidad de becarias que podía contener, en realidad lo sobre nombraban el 1800. Pero para una muchachita de 18 años, que hasta ese momento había vivido el régimen del preuniversitario o una vida familiar vigilada, era un tanto difícil acostumbrarse a eso. Y lo más arduo no era habituarse y ya, dormir por primera vez todas las noches de la semana con el novio que fuere, sino hacerlo en medio de un cuarto donde todas las camas estaban a menos de medio metro de distancia y no existía ningún tipo de separación entre ellas a no ser las taquillas que se distribuían para lograr algo de intimidad, o las sábanas que las chicas que dormían abajo podían colocar encerrándose en una aparente soledad.

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